viernes, 15 de noviembre de 2013

Las Lágrimas de Sangre (8)

A Grand se le cerraban los ojos de sueño. Miró a su alrededor y se sorprendió al ver que parecía ser de las pocas personas en la plaza a la que le estaba venciendo el cansancio.
La mayoría de los allí congregados miraban con ojos ávidos hacia el horizonte, esperando ansiosos ver los primeros rayos de sol que anunciarían lo que pensaban, sería un espectáculo.
Lo cierto es que él también estaba deseando la llegada del amanecer. La idea de ver a esa repulsiva vieja morir lentamente, colgada de una soga le producía un delicioso escalofrío de placer. Aunque preferiría mil veces que a quien colgaran de esa cuerda fuera a Celia.
Le echó una rápida mirada. Al igual que todos los demás no apartaba la vista del horizonte, pero su gesto era de aprensión.
-Esto es peligroso –repitió el cambiaformas por enésima vez-. Deberíamos estar a horas de la ciudad, no a tres pasos de los hombres del rey.
-¿Quieres callarte? Creí haberte dejado claro que quien toma las decisiones soy yo. Nos iremos, pero no antes de que la Madre muera. No puedo abandonarla así. No puedo irme sin verla morir para así poder contar a todos la gran injusticia que ha cometido el rey Howard.
-¿Seguro que eso es lo único que quieres? ¿Acompañarla en sus últimos momentos? No estarás pensando en tratar de evitarlo, ¿verdad?
Celia negó con la cabeza levemente.
-Eso espero, porque no tendrías la más mínima oportunidad. Y no pienso permitir que pongas así mi vida en riesgo.
-¿Permitirme? ¿Tú a mí? –le miró con un profundo desprecio y alzó la mano en la que tenía la cadena-. ¿Cómo osas…?
Pero el suave sonido de un tambor la enmudeció. El sol empezaba a despuntar por el horizonte y se abrieron las puertas que daban a las mazmorras.
Cuatro hombres flanqueaban a la vieja, que parecía aún más decrépita que la última vez que la habían visto. Cada uno de  ellos agarraba una cadena de gruesos eslabones que acababa en cada una de las extremidades de la bruja. El metal estaban labrados símbolos rúnicos que a Grand le recordaban a los que había en su celda para impedir que usase su poder.
Prácticamente arrastraron a la anciana hasta el patíbulo. Sin quitarle las cadenas le pusieron una soga al cuello, también cubierta de runas, y el verdugo comenzó a leer un pergamino.
-Gran Madre de las Lágrimas Heladas, se os condena a colgar de la soga hasta morir por los delitos de traición, magia negra, magia de sangre y el asesinato de la esposa del príncipe, la princesa de Lisse –puso la mano en la palanca que retiraba el tablón de madera sobre el que reposaba la bruja-. ¿Tenéis unas últimas palabras?
La vieja se aclaró la garganta y su extraño susurro llenó la plaza.
-Recordad que este no es el final –dijo mientras mostraba sus afilados dientes en una torva sonrisa-. Los Hijos de las Lágrimas volveremos. Más fuertes y poderosos. Y volveremos con el auténtico rey –estiró el brazo y lo movió señalando a toda la plaza-. Y los que nos habéis traicionado, los que habéis aclamado nuestra muerte, os postrareis ante nosotros. ¡Y lloraréis! ¡Lloraréis lágrimas de sangre!
Dicho esto le hizo un gesto al verdugo quien, sin más, accionó la palanca. La anciana calló de golpe, quedando suspendida de la cuerda, balanceándose de un lado a otro.
No se le rompió el cuello, así que se fue ahogando lentamente. La gente gritaba enloquecida y Celia, junto a Grand, derramaba lágrimas silenciosas.
De pronto la piel de la anciana comenzó a brillas y la gente comenzó a apartarse del patíbulo, aullando de júbilo. Era bien sabido que cuando un brujo estaba a punto  de morir su cuerpo liberaba la magia que le quedara en forma de luz o llamas.
Pequeñas ascuas comenzaron a brotar de la piel de la vieja, hasta que todo su cuerpo ardía tenuemente mientras la multitud se regocijaba con el espectáculo.
Unos segundos después las llamas, junto con su vida, se apagaron.
Celia, a su lado, apretaba los puños contra los costados mientras fulminaba con la mirada uno de los balcones del palacio, en el que se podía distinguir al rey.
Por un instante el cambiaformas temió que fuera a cometer una locura, pero ella solo exhaló lentamente y musitó.
-Se ha terminado. Vámonos.

Mientras se abrían paso entre la multitud para salir de la plaza una voz se alzó desde el patíbulo.
-Queremos recordar a los ciudadanos que todos los Hijos de las Lágrimas son unos traidores. Si conocéis a alguna persona con un copo de nieve tatuado en alguno de sus brazos, con un emblema de copo de nieve o alguien que pueda resultar sospechoso, deben ponerse en contacto con la guardia del rey de inmediato. Se recompensará con 40 monedas a todo aquel que ayude en la captura de algún brujo.
>>Además también buscamos un cambiaformas y la bruja que le acompaña. Ellos mataron con sus propias manos a nuestra amada princesa. Cualquier información que nos ayude a capturar a ambos será recompensada con 200 monedas.
Celia se estremeció y agarró a Grand con fuerza, arrastrándolo tras ella entre la marea de personas. ¡200 monedas de oro! Tenían que salir de la ciudad inmediatamente.
Se dirigió apresuradamente a la puerta Norte de la ciudad. Era muy temprano y seguramente aún no habría muchos guardias pero, por si acaso, lanzó un suave hechizo sobre los dos para pasar desapercibidos.
Las calles estaban prácticamente vacías. La mayoría de la gente aún se encontraba frente al palacio.
Según se acercaban al extremo de la ciudad sentía el miedo invadirla. Sería la primera vez que salía de Valorn y puede que para no volver jamás.
Cuando llegaron a la puerta de la muralla se paró y dudó unos instantes. No tenía muy claro dónde encontrar a Trandos y si salía de la ciudad ya no tendría a nadie a quien recurrir, salvo Grand.
Se giró hacia él, que miraba la puerta con ansiedad.
-Una vez salgamos –dijo la joven con voz queda-. Solo nos tendremos el uno al otro. Prometo que intentaré tratarte mejor. Ahí fuera escucharé tus consejos y, cuando tengamos las pruebas necesarias te liberaré. Pero ahora necesito tu ayuda, te necesito. De verdad.
Grand la miró a los ojos unos instantes, en completo silencio, que a Celia se le hicieron eternos. Finalmente asintió, casi imperceptiblemente.
Ella le agarró más fuerte y, conteniendo la respiración, pasó entre los guardias que custodiaban la puerta.
No dejó de caminar, con la espalda muy tiesa. Unos minutos después se atrevió a mirar atrás. La ciudad se recortaba contra el cielo, aún algo oscuro. Sintió una fuerte opresión en el estómago y soló deseo poder volver a vivir en Valorn sin sentir el miedo que había sufrido esos últimos días.

Conteniendo las lágrimas de frustración se encaminó hacia el norte por el pedregoso camino, con el cambiaformas pisándole los talones.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Las lágrimas de sangre (7)

Celia tomó por el brazo al escuálido niño que buscaba cangrejos entre las piedras del rio.
-¿Qué has dicho?
-¡Sueltame! –gimoteó el muchacho.
Celia le soltó y repitió la pregunta con voz fría.
-Pues que os brujos del hielo han matado a la esposa del príncipe –respondió el niño frotándose el brazo y mirándola con desconfianza-. Han arrasado su mansión de hechicería y los han capturado a todos. Incluso a la vieja esa que los guía. Los tienen a todos en las mazmorras del castillo. Aún no se sabe que van a hacer con ellos. Pero a la vieja la van a ahorcar, sí. Por traición y magia negra.
-¿Cuándo? –Celia podía sentir la bilis subiendo por su garganta-. ¿Cuándo la ahorcarán?
-Mañana al alba. Yo pienso coger sitio esta misma noche. Es la primera bruja a la que voy a ver ejecutar –el niño hablaba divertido-. Te recomiendo que también vayas esta noche. Mañana no cabrá ni un alfiler.
Y sin añadir palabra siguió con su búsqueda de cangrejos, con una amplia sonrisa.
La muchacha se apresuró hacia las casuchas que había al borde del rio. Trató de no echar a correr, pues lo último que necesitaba era llamar la atención.
Entró en una de las últimas casas del poblado, construida en adobe y con unos tablones de madera aquí y allá.
Dentro había una mujer avivando el fuego. Le sonrió al verla entrar, pero la sonrisa se esfumó cuando se fijó en la expresión de la joven.
-¿Qué ocurre Celia? –preguntó mientras la rodeaba con los brazos.
-La van a ahorcar Meere –sollozó la joven-. La van a ahorcar mañana y no podemos hacer nada.
Meere era una Hija de las Lágrimas Heladas, pero de las de menos poder. Su deber era enterarse de los rumores que circulaban entre las gentes de fuera de las murallas.
En el poblado la tenían por una hechicera que no había podido terminar sus estudios, pero sus conocimientos de hechizos sanatorios eran muy apreciados allí.
-Tranquila –susurró-. Grand volverá con alguna pista, ya lo verás.
Pero Celia ya había perdido la esperanza. Llevaba cuatro días en el poblado, sin nada más que hacer que controlar al cambiaformas mientras el se colaba en el castillo bajo un sinfín de formas con la intención de oír algo sobre la muerte de la princesa o el juicio de los Hijos. Pero no estaban más cerca de descubrir al traidor que hacía cuatro días y ella se sentía morir de impotencia.
Estaban totalmente seguros de que el secuestro lo había planeado Trandos, pues Grand había oído a los guardias hablar de ello. Por eso habían tardado tanto en acudir esa noche ante el ruido de la pelea, ya sabían que podía haber jaleo si el secuestro no salía tal como estaba planeado.
Pero nadie parecía saber nada sobre quien había informado a los bandidos de los planes de los Hijos. Los que estaban metidos en el secuestro estaban muy sorprendidos y complacidos de que la acusación hubiera caído sobre la Hermandad.
Celia al principio había tenido la esperanza de que el rey escuchara a la Madre y comprendiera que la muerte de la princesa no era culpa de los hijos. Pero sus esperanzas se esfumaron cuando Grand le contó que el rey de Lisse había viajado hasta Valasford con la intención de ver la ejecución de todos los que habían provocado la muerte de su hija. Si no era así declararía la guerra.
Sabía que ejecutarían a sus hermanos más importantes, aunque solo fuera para evitar la guerra. Pero, ¿a la Madre? Con todo lo que había ayudado al reino, con todo lo que había hecho por el rey cuando había ascendido al trono… ¿Cómo podían hacer eso?
El sonido de la puerta la sacó de sus pensamientos.
Era el cambiaformas.
-¡Grand! –se levantó sujetando la cadenita-. ¡La van a matar! ¡Van a matar a la Madre!
-Lo sé –se derrumbó en una silla cercana-. Lo he oído en palacio. El rey cree que es quien planeó todo. La acusan de alta traición, de colaborar con Trandos y de la muerte de la chica.
-¿De colaborar con Trandos? –dijo en apenas un susurro
-Al parecer capturaron en la frontera a un pequeño grupo de hombres, traidores. En los interrogatorios contaron que estaban esperando para llevarle la princesa a Trandos, que debía entregársela una anciana bruja con un emblema de copo de nieve.
-Es todo una trampa –Celia apenas podía pensar, sentía la sangre agolpándosele en la cabeza-. Alguien les contó lo sucedido y les convenció para contar esa historia –se apoyó en la pared, deshecha en lágrimas.
-Sea quien sea el traidor, no está en el palacio. He preguntado a todos cuantos me he atrevido. No hay ningún Hijo de las Lágrimas que no se encuentre en las mazmorras de magos. Además, esta misma mañana el rey ha ordenado que se busquen a los que huyeron y sean ejecutados.
-¿Van a matarlos a todos?
-Sí, mañana decapitarán a todos en las mazmorras mientras ejecutan públicamente a la Madre. Pero hay algo más. El rey ha ordenado que se busque principalmente a un cambiaformas y a una joven que le acompaña, por haber sido los que asesinaron con sus propias manos a la princesa. Piensan explorar cada palmo de la ciudad y alrededores con cientos de soldados. Tenemos que partir ya,
-¿Qué? No podemos. ¡No! –gritó la bruja-. Debemos descubrir al traidor… debemos ayudar a mis hermanos
-¿No lo entiendes? Van a registrar todas las casas y a rastrear el Poder. A no ser que para mañana hayas descubierto alguna manera de ocultar nuestro rastro mágico nos encontrarán.
-Pero… el traidor –titubeó Celia.
-Si el traidor estuviera en la ciudad créeme, lo habría encontrado. Solo se me ocurren dos posibilidades. O lo hizo por su cuenta y ha huido o es fiel a Trandos y ha huido. En cualquier caso no podemos encontrarle.
-Si está con Trandos sí podemos.
-Que actúe con Trandos no quiere decir que si vamos a su campamento le encontremos allí. Estaríamos arriesgándonos para nada.
-Para nada no. Para limpiar el nombre de los Hijos.
-¿Y qué más da eso si los van a matar a todos? ¡Ya no queda Hermandad de la que limpiar el nombre! Métetelo en la cabeza.
Celia tiró de la cadena con fuerza y el cambiaformas se derrumbó sobre la mesa entre gemidos de dolor.
-Espero que sea la última vez que me hablas así –dijo con voz acelerada-. Nunca te olvides de quien soy –soltó la cadena y el cambiaformas quedó tumbado sobre la mesa, jadeando-. He dicho que iremos junto a Trandos y averiguaremos si el traidor está con él. Me da igual si nuestra vida corre peligro. ¡Me da igual si van a matar a mis Hermanos! ¡Descubriremos la verdad, limpiaremos nuestro nombre y encontraremos a los Hijos que queden para rehacer la Hermandad!
Grand se incorporó con dificultad y asintió.

-Pero antes –susurró la bruja-, vamos a coger sitio para la ejecución

miércoles, 26 de diciembre de 2012

Las lágrimas de sangre (6)


Celia se encogió ante la fuerza de su voz.
-Yo… yo… -tartamudeo-. ¡Nos traicionaron Madre! ¡Alguien avisó a los bandidos! Y los guardias. Los guardias no acudieron ante el ruido de la batalla. Cuando llegaron, mis Hermanos ya habían muerto, al igual que la princesa.
-Cuéntame todo, con detalle, exactamente como sucedió –susurró la Madre, inclinándose hacia delante, con los ojos llameantes de ira.
Y Celia le relató hasta el más mínimo detalle de lo sucedido esa madrugada.



Grand escuchaba la conversación atentamente, casi sin respirar. Tenía la certeza de que toda la culpa recaería sobre él. Al fin y al cabo, si no hubiera perseguido al secuestrador, este no habría tirado a la princesa.
Era consciente de que, cada pocas frases de Celia, la vieja dirigía su mirada hacia él.
Cuando la joven bruja terminó de relatarlo todo, la Madre habló en un quedo susurro, mucho más bajo y lastimero del habitual.
-Ya habrán informado de todo al rey, seguro. Si nuestro infiltrado tiene amigos en la corte ya habrá decidido mandar a sus soldados a por nosotros. Si es así correrá la sangre y nos culpará sin pararse a oír nuestras explicaciones.
>>Si no es así aún estará decidiendo que hacer, buscándole otra explicación, pues se que el rey confía en nosotros. Pero no pasará demasiado hasta que nuestros enemigos del consejo envenenen sus oídos en nuestra contra. En ese caso puede que solo nos detenga, y nos de un juicio justo, que incluso atienda a la verdad.
>>Pero no podemos arriesgarnos a que sea la segunda opción. No podemos luchar si envía soldados, debemos entregarnos. Pero vosotros no. Pase lo que pase querrá vuestras cabezas ante todo, y sois demasiado valiosos. Sobre vosotros recaerá la responsabilidad de encontrar al traidor, de limpiar el nombre de los Hijos de las Lágrimas Heladas, de encontrar pruebas de quien organizó el secuestro y de vengar la muerte de la princesa.
Celia fue a decir algo pero la madre la calló alzando un dedo
-Mientras llegan los soldados trataré de poner a todos los hijos a salvo, pero los que quedemos nos entregaremos pacíficamente.
>>El traidor probablemente no esté aquí cuando vengan por nosotros. Él tendrá el favor del rey por haberle informado. Pero no es del rey Howard de quien quiere el favor, sino de su hermano Trandos. Tenedlo presente mientras investigáis, pues muchos Hijos débiles trataran de mentir al rey para librarse de las consecuencias de esta muerte.
-¿Tu también te entregarás a los hombres del rey? –preguntó Grand, sorprendido.
-Si hay alguien con una mínima posibilidad de hacer entrar a su majestad en razón soy yo. Confía en mi, si el traidor no está en la corte, atenderá a razones.
>>Y Grand, se que tus instintos te pedirán huir –dijo, dedicándole una siniestra sonrisa en la que mostraba todos sus dientes puntiagudos-, pero recuerda que los guardas vieron a un cambiaformas, y eres el único del que se sabe en todo el reino. Si escapas tendrás, no solo a nuestro rey, sino también al padre de la princesita buscándote por cada rincón de cada continente de Gayela. Y tú no tendrás a nadie que te defienda, te proteja, o te oculte.
>>En cambio, si ayudas a limpiar nuestro nombre, tú y Celia os protegeréis mutuamente, y con nuestros amigos siempre tendrás donde resguardarte. Y, te doy mi palabra de que cuando el traidor sea desenmascarado y los Hijos de las Lágrimas Heladas estén fuera de sospecha, te liberaremos de tu obligación de servirnos por tu condición de cambiante –dicho esto se llevó el índice al anular, gesto de juramento sagrado entre los Hijos del Hielo-. Celia, quedas como testigo de mi solemne promesa al cambiaformas Grand.
>>Ahora, coged lo imprescindible y huid. Buscad a nuestros amigos de las afueras de la ciudad. Explicadles lo sucedido, y por favor, descubrir al traidor.
Sin añadir nada más se levantó del trono y cruzó tambaleante la habitación. Grand se sorprendió de que pareciese aún más pequeña y enjuta de pie.
De pronto Celia, por primera vez desde que la conocía, puso una mano en su hombro y, con voz queda, preguntó:
-¿Me ayudarás?
Grand se detuvo a pensar en lo que había dicho la madre. En los hombres del rey buscándole, tener que huir para siempre como un animal, temer cada mañana si ese día le encontrarían… y en la promesa de libertad. Y en la cadenita, en los pequeños eslabones que la bruja seguía sujetando. ¿Acaso tenía opción?

Asintió con la cabeza

lunes, 5 de noviembre de 2012

Las lágrimas de sangre (5)

Eran dos hombres. Uno con dos espadas y el otro con un gran mandoble.
Saltó y al primero le arrancó la cabeza de un bocado, sintiendo como el metálico sabor de la sangre le inundaba la boca.
Al segundo le arrancó la espada de las manos de un zarpazo. Gritó al sentir las garras desgarrándole la piel y salió corriendo sin siquiera mirar a sus compañeros.
Grand giró sobre si mismo para volver a encararse con el secuestrador, que ahora corría con la chica al hombro, dándole la espalda.
El enorme león saltó tras él y, al verse perseguido por el animal y sin tener ya un escudo humano el bandido fue presa del pánico. Lanzó a la muchacha a un lado y corrió con todas sus fuerzas.
Pero Grand le atrapó y de un solo movimiento le abrió la espalda con sus garras. Sin detenerse a comprobar si estaba muerto, volvió sobre sus pasos para ayudar a la princesa.
Había caído de frente y, con cuidado, la giró con una pata para comprobar como se encontraba. <<Mierda>> pensó al ver la cara de la joven. Su cabeza había chocado con una roca del camino, abriéndole el cráneo como si fuera una fruta madura. <<Oh, mierda>>
De pronto el ruido de la batalla pareció incrementarse y el cambiaformas, tras dudar unos instantes, corrió a ver qué ocurría.



Celia vio caer a otra Hermana junto a ella. Miró alrededor y comprobó que solo quedaban ella y algunos bandidos. Justo cuando se daba por perdida aparecieron los guardias del palacio, captando la atención de los bandidos.
Hasta ese momento ni siquiera se había acordado de ellos, pero ahora caía en la cuenta, ¿dónde diablos habían estado? Era imposible que no hubieran oído el ruido de la pelea.
Sacudió la cabeza. Ahora solo debía preocuparse por su deber.
Corrió hacia donde se encontraba la trampilla, pero solo vio los cadáveres de dos secuestradores destrozados. Conteniendo la respiración apretó firmemente la cadenita, que milagrosamente no había soltado durante la refriega.
-¡Maldita sea!- exclamó
Pero justo cuando comenzaba a acumular Poder para localizarlo, el gran león blanco apareció frente a ella.
-¿Dónde está la princesa? –preguntó con un hilo de voz, tratando de sonar firme.
-Muerta –dijo el cambiaformas con voz ronca, señalando con una zarpa hacia un cuerpo que yacía unos metros más allá.
-¡¿Qué has hecho?! –gritó la bruja corriendo hacia el cadáver. Al ver su cabeza destrozada se echó a llorar-. ¿Qué has hecho?
-No fui yo –contestó Grand, ahora con forma humana-. Ese estúpido la tiró mientras trataba de escapar.
La refriega, a lo lejos, pareció acallarse y unos guardias se dirigieron hacia ellos.
-¡Alto ahí! –gritó uno de ellos.
-Soy enviada de los Hijos de las Lágrimas –dijo Celia con voz temblorosa, señalando el broche en forma de copo de nieve que le sujetaba la capa.
-¿Y a mi qué? –respondió el guardia-. Has perturbado la paz del rey y quedas arres… -en ese momento sus ojos se posaron en el cuerpo inerte a los pies de Celia-. ¡Guardias! ¡Guardias! ¡Han matado a la princesa!
Y sin más desenfundó la espada y se dirigió hacia ellos.
Celia estaba aterrada. Si salía huyendo parecería culpable pero si se dejaba arrestar la condenarían con toda seguridad.
Otros guardias se unieron al primero, con las armas desenfundadas y se produjo una ligera confusión mientras se ponían al tanto de lo ocurrido.
-Matad al hombre –bramó el primer guardia-. Lo entregaremos al rey como culpable. Coged a la chica y llevadla a las mazmorras de magos. Pasaremos un buen rato con ella mientras deciden su destino.



La mente de Grand era un caos. Miraba a los guardas y a la mujer tratando de decidir que hacer.
Podría convertirse en ratón, escabullirse y dejar a la bruja a su suerte. Esa idea tenía un sabor tan dulce que era casi irresistible.
Pero, por otro lado, no podía dejar a la joven con esos animales. No es que no le deseara la muerte,  aunque solo fuera para librarse de la maldita cadenita, pero lo que le esperaba en esas mazmorras podía ser mucho peor que la muerte.
Arrepintiéndose incluso antes de hacerlo, se transformó en un enorme lagarto del desierto, uno de los animales más rápidos de Gayela, y se lanzó hacia los soldados escupiendo veneno.
-Sube –le gruñó a Celia.
Ella pareció vacilar unos segundos pero finalmente montó y Grand se lanzó a la carrera, dejando tras ellos a los guardas gritando de dolor a causa del veneno.
Corrió todo lo que pudo a través de las callejuelas, esquivando a los asombrados transeúntes, hasta que finalmente llegaron a las grandes puertas de la mansión de La Hermandad.
Una vez dentro Grand volvió a su forma natural y se cubrió con una túnica cualquiera de las que había junto a la puerta.
-¿Qué ha ocurrido? –preguntó a la bruja entre jadeos-. ¿Cómo sabían los secuestradores que estaríamos allí?
-No lo se –respondió Celia, blanca como la cal-. Alguien nos ha traicionado, alguien les ha informado.
-¿Quién? ¿Y los guardas? ¿Por qué tardaron tanto en aparecer?
-No lo se, ¡no lo se! –gritó la joven derrumbándose en una silla-. Tenemos que informar a la Madre de que hemos fallado. Debe… debe hablar con el rey, decirle que nosotros no tenemos nada que ver con la muerte de la princesa.
Grand estaba aterrado. Sí el rey creía que los culpables de la muerte de la chiquilla eran los Hijos del Frio correría la sangre. Y la primera en correr sería la suya, con toda seguridad.
Por un instante estuvo a punto de salir corriendo. Pero entonces fijó su vista en Celia que, pese a estar desecha en sollozos sobre una silla, seguía manteniendo firmemente sujeta la maldita cadena.



Celia se balaceó adelante y atrás, meditando sobre cómo le diría todo eso a la Madre. Porque tenía que decírselo, tenía que contarle que había un infiltrado, que la princesita había muerto y que los hombres del rey les habían visto junto al cadáver.
¿Caería la ira del rey sobre ellos? ¿La de ambos reyes? ¿Pedirían solo su cabeza o también la de los demás hermanos?
Pensar en que por su culpa podía ser destruida toda la Hermandad e incluso desencadenarse una guerra hacía que sintiera ganas de arrancarse el corazón del pecho.
¡No! ¡Su culpa no! La culpa era del traidor que había informado a los bandidos. La culpa era de los guardias que había acudido tarde ante el ruido de la refriega. Ella había hecho todo lo posible, sí, no podía haber hecho nada más. No era culpa suya.
Aferrándose a esos pensamientos tomó aire y se dirigió a las habitaciones de la Madre.
Mientras recorría los corredores pudo ver como la Hermandad iba despertando. Los Hijos comenzaban sus labores diarias completamente ajenos a todo. Algunos la miraban con curiosidad. Querían saber cómo había resultado todo, pero estaba terminantemente prohibido preguntar acerca de una Encomendación.
Por fin llegó a la puerta de la Madre y, cuando alzó los nudillos para llamar, sintió como su valor volvía a flaquear.
-¿Piensas llamar o no? –pregunto alguien tras de si.
Celia dio un respingo y se volvió, pero solo era el cambiaformas. Estaba tan sumida en sus pensamientos que se había olvidado por completo de Grand.
Un regusto amargo le subió por la garganta mientras acariciaba la cadenita. <<Estúpida>> ¿Cómo podía haberse olvidado de él? Con Grand debía estar siempre alerta, siempre preparada. Si él se hubiera percatado podría haber huido sin que siquiera se diera cuenta. Y de eso sí que no tendría a nadie a quien echarle la culpa.
Tomó aire profundamente y llamó a la puerta con decisión. Esta se abrió suavemente, mostrándole la habitación iluminada por cientos de velas.
Sin poder contener las lágrimas corrió y se arrodilló frente al trono de madera.
-Madre, lo siento –trató de que su voz sonara clara entre los incontrolables sollozos-. Hice todo lo posible pero… pero… -no sabía como decirlo-. La princesa ha muerto –consiguió soltar sin más-. Durante la refriega… La dejaron caer y… y… su cráneo…
La anciana se había puesto completamente pálida y un rictus de terror le tensaba los labios.

-¿Cómo has permitido que ocurra eso? –vociferó.

domingo, 7 de octubre de 2012

Las lágrimas de sangre (4)


Los días hasta la Encomendación pasaron muy rápido, pues transcurrían entre mejorar su control del cambiante y su poder de ataque.
No quería que nada saliera mal, pero tampoco tenía claro cuanta energía podría poner en controlar la criatura y cuanta dejar libre para atacar. Si Grand se veía mínimamente libre, sería un gran problema.
Era la medianoche del día del secuestro cuando fue a despertar al cambiaformas a su celda.
-¿Tenemos que salir ya? –preguntó el hombre entre bostezos.
-En dos horas. Pero antes quiero renovar los conjuros –Celia señaló la mesa-. Siéntate.
Lanzándole una mirada de ira, Grand se sentó y extendió los brazos sobre la maltrecha mesa. Ella se situó frente a él y, sin soltar la cadenita, le hizo un pequeño corte en cada muñeca. Puso las manos sobre ellas y se concentró en el salmo. Podía notar como las energías de ambos se entrelazaban y su mente quedaba ligada a la del hombre
Era un conjuro que hacía cada vez que Grand debía salir, para tener controlado donde se encontraba, que planeaba y poder doblegarle con un pensamiento. Aunque esa última parte resultaba necesaria pocas veces,  teniendo la cadena, que estaba permanentemente ligada a la esencia del cambiaformas.
Tras unos minutos, cuando el hechizo estuvo atado, se apartó y limpió las pequeñas manchas de sangre de sus palmas. La cara de Grand estaba pálida y le habían salido unos oscuros círculos bajo los ojos.
Desayunaron juntos y quedaron a la espera en un tenso silencio. Cuando por fin sus hermanos aparecieron, Celia sintió como se le atenazaban las tripas de miedo.
Era la primera vez que iba a una Encomendación, la primera vez que podría usar su Poder para defenderse y atacar en un combarte real. La emoción la recorría con pequeñas descargas eléctricas, pero también la preocupación. ¿Que ocurriría si algo salía mal? ¿Y si ella salía herida y Grand escapaba?



Llegaron a una pequeña puerta en las murallas del castillo tras una larga caminata por las callejuelas de la ciudad. Los Hijos intercambiaron unas palabras con el guardia, que les abrió la puerta.
Recorrieron los patios en el más absoluto silencio, resguardándose en las sombras hasta una pequeña trampilla que había tras las cuadras.
-Por aquí tienen pensado acceder –dijo Grand. Luego miró al cielo-. Aparecerán en cuanto rompa el amanecer.
Uno de los Hijos pronunció un salmo, se produjo una tenue ondulación en el aire y el cambiaformas sintió un cosquilleo en la piel. Sabía que era un conjuro de invisibilidad, pues había oído otras veces el hechizo. Duraba solo unos minutos pero probablemente bastaría.
Poco después, en cuanto aparecieron los primeros indicios de luz en el horizonte, aparecieron tres hombres. Iban vestidos con bastas ropas de cuero y portaban espadas largas, que no parecían de muy buena calidad.
Grand empezó a quitarse la túnica pero un Hijo le puso la mano en el hombro.
-Aún no –le susurró al oído-. Queremos rescatar a la princesa, no solo coger a sus captores, ¿comprendes?
El cambiaformas asintió molesto. Le parecía espantoso que pusieran en peligro a la chiquilla solo para ganarse el favor del rey. Celia, que debió de sentir sus dudas y desprecio le fulminó con la mirada.
Los minutos se le hacían eternos mirando fijamente a la trampilla, pensando en si le estarían haciendo algún daño a la princesa.
Cuando sintió un pequeño movimiento en la portezuela sí se quitó la ropa y se transformó en un enorme león blanco del Norte. Apretó las garras contra el suelo y se agazapó preparado para destrozar al primer bandido que se asomara por la trampilla.
Vio por el rabillo del ojo como sus compañeros se posicionaban para usar el Poder y como Celia se debatía entre mirar a la portezuela de madera o vigilarlo a él mientras mantenía tensa la cadenita.


Celia apretó los eslabones con firmeza, aterrada por la presencia del enorme león, casi más grande que un caballo, que había sido un hombre segundos atrás.
Pero no pudo entretenerse demasiado pensando en cuanto control tenía realmente sobre semejante criatura, pues de pronto se abrió la trampilla.
Salieron primero dos hombres, cargando a una jovencita de melena oscura que tan solo llevaba un fino camisón y tras ellos el tercero, con dos espadas en alto.
Celia había esperado que al verlos los hombres se sorprendieran o asustaran… Pero sonrieron.
-¡Ahora! –gritaron los tres hombres al unísono.
Y de pronto de las cuadras comenzaron a salir enormes hombres armados que se lanzaron contra ella y sus Hermanos.
Por unos instantes solo fue capaz de mirar. Sus Hermanos lanzaban diferentes conjuros a los atacantes mientras Grand, en su forma de león, se lanzaba a por los captores tratando de obligarles a soltar a la muchacha.
De pronto, una Hija del Hielo cayó a su lado con una gran herida sangrante en el pecho y por fin reaccionó.
Rogando que Grand estuviera demasiado distraído para darse cuenta, centró toda su atención en recoger el Poder del ambiente y concentrarlo en sus manos. En cuanto consideró que era suficiente lanzó un fuerte impulso de energía al hombre armado más cercano, que se desplomó inerte en el suelo.
Corrió a ayudar a un Hermano, que se estaba viendo hostigado por dos hombres pero, justo antes de poder lanzar un conjuro, uno de ellos le cortó la garganta con un rápido movimiento.
Ambos se giraron hacia ella. Uno cayó al instante con el conjuro que ya tenía preparado, pero el otro tuvo tiempo de lanzar un rápido tajo antes de que Celia le enviara una bola de fuego.
Chilló al notar el frío acero cortándole el brazo pero no perdió la concentración y se giró hacia otro atacante.



Se movía en círculos alrededor del último de los captores, que giraba a su ritmo manteniendo a la princesa, ya despierta, siempre delante como escudo.
Sus dos compañeros yacían en el suelo con el cuerpo destrozado por las enormes garras del león, que acariciaban el suelo, rojas de sangre.
Grand ignoraba la batalla que tenía lugar a sus espaldas, por él como si mataban a todos los hijos. Pero no podía irse de ahí y permitir que la princesita sufriera algún daño.
Volvió a moverse en torno al hombre, gruñendo y planteándose si debería cambiar de forma para poder atacarlo sin miedo de herir a la rehén. Tal y como estaba ahora no podía lanzarle un zarpazo sin dañarla a ella.
Entre el caos de la batalla creyó distinguir un chillido de Celia. Si sentía como esa maldita bruja caía, sintiéndolo mucho por la princesa, terminaría huyendo todo lo rápido que pudiera.

De pronto escuchó como alguien se acercaba por detrás y se giró con las fauces abiertas en un poderoso rugido.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Las lágrimas de sangre (3)

Celia salió la última de la habitación para no sentir las miradas de los demás clavadas en su nuca.
Fue directa a las cocinas, donde le entregaron como cada día, un plato con escasa cantidad de un engrudo marrón y verde y le regalaron varias miradas de desprecio.
Mientras se dirigía a la habitación se iba poniendo nerviosa. Aún tras tantos años siguiera temiendo perder el control.
Antes de abrir la pesada puerta de madera se desató la fina cadenita de acero que llevaba en la muñeca derecha y la sostuvo con firmeza.
-Te traigo la cena –dijo en tono frio.
-Muchas gracias mi señora –el hombre se incorporó y la miró con esos ojos siempre cargados de tristeza. Tomo el plato con delicadeza y se sentó a comer en una maltrecha mesa junto a la puerta.
Celia se puso frente a él, centrando su Poder en la cadenita que estaba ligada al cambiaformas.
-No intentes nada.
Él sonrió apesadumbrado mientras miraba la cadena.
-Siempre la misma cantinela, ¿eh? No temas.
-Calla y come –dijo la joven con el ceño fruncido-. Puede que la Madre quiera verte pronto.
-¿Por qué?
-No tienes que saber porque. Solo tienes que obedecer.
El hombre la miró de un modo extraño y comenzó a comer.
Celia sintió algo removerse en su estómago. ¿Pena? ¿Remordimiento quizá? Miró fijamente a Grand. Era un hombre alto y espigado, con el pelo negro siempre revuelto y grandes ojos grisáceos, con un permanente aire triste. Intentó mirarlo con afecto, o incluso indiferencia, pero fue incapaz.
Le odiaba. Jamás le había hecho nada para ello, pero le odiaba.
Le ponía nerviosa pensar que en cualquier momento podía convertirse en la criatura o persona que deseara. Acarició la cadenita, eso siempre la hacía sentir segura. Además de eso estaba la actitud de sus Hermanos desde que se encargaba de él.
Recordaba que hacía cuatro años, cuando le habían traído de lo más profundo del desierto y la Madre la eligió como guardiana se sintió sumamente orgullosa, hasta que se percató de como los demás se distanciaban. Al principio creía que eran simples envidias, pero terminó dándose cuenta de que era miedo, miedo y repulsión.
Cuando terminó de comer le metió en su celda y se alejó del lugar todo lo rápido que podía sin ponerse a correr.

Se recostó en el fino colchón, casi tan hambriento como antes. Siempre estaba deseando una Encomendación, pues era las pocas veces en lo que podía ingerir algo más parecido a una comida de verdad.
Además las Encomendaciones solían durar algunos días y era un placer no tener que ver a Celia. Su boca torcida en gesto agrio y esos enormes ojos azules cargados de ira.
La mitad de las veces que la veía le habría desgarrado el cuello con sus dientes si no fuera por esa maldita cadenita.
Solo de imaginarla el terror le atenazaba las tripas. Todas las noches se prometía que un día arrancaría esos diminutos eslabones de los dedos inertes de la joven.
Justo cuando se había quedado dormido la joven le despertó al abrir la puerta.
-La Madre quiere verte –como siempre con la cadenita en la mano-. Vamos
Se levantó tambaleante por el sueño y la siguió hasta la habitación de las velas.
La vieja estaba recostada en los cojines, mirándole fijamente con esos enormes ojos que parecían todo pupila.
-Tengo una importante Encomendación para ti y Celia.
-Decidme Madre –se notaba la boca pastosa al hablar.
-Mañana iréis junto con otros Hijos a proteger a la princesa. Se la arrebataréis a sus captores y la devolverás a su marido sana y salva. Tendrás que defender a los Hijos de un número indeterminado de hombres armados, así que elige bien el aspecto, cambiaformas.
El hombre asintió. No era la primera vez que le ordenaban algo así, ni la primera vez que mataba por orden de los Hijos de las Lágrimas Heladas y, por supuesto, no sería la última.
-Celia, confío plenamente en ti para que le controles –giró su huesuda cabeza hacia la joven-. No pierdas ni un momento la concentración, pero si puedes ayudar con tu poder, hazlo.
Señaló con la mano unos pequeños asientos a su lado. Se sentaron obedientemente a esperar a los voluntarios para la Encomendación. Según la vieja los iba seleccionando, se sentaban junto a ellos.
Al final quedaron 3 Hijos y 2 Hijas del Hielo, además de Celia y él.
-Cambiante –dijo la vieja mirando a Grand-. Enséñales lo que puedes hacer.
Sin mirar a ninguno a la cara se levantó de la silla, se quitó la túnica y se transformó en un enorme león. Después en una gorda rata blanca y por último en la escuálida vieja.
Esa era la parte que más le gustaba de su demostración, ver en esos rostros orgullosos el miedo y la repulsión al mirarlo convertido en la persona que más admiraban. Casi podía oírlos pensar en como podría pasarse por cualquiera de ellos.
Volvió a su aspecto natural y se vistió con un rápido movimiento.
-Fantástico –dijo la vieja sonriendo-. El cambiaformas y Celia se encargaran de vuestra seguridad, vosotros os encargareis de proteger a la princesa –movió un dedo hacia la puerta y cerró los ojos-. Retiraos.
Grand se dirigió a su celda entre bostezos acompañado por la permanente presencia de Celia.
-Esta Encomendación es muy importante –le dijo mientras abría la puerta, clavándole esos ojos azules-, no se te ocurra desobedecerme o intentar escapar, porque si algo sale mal créeme, lo lamentaras